Por la unidad de España; por Antonio Cañizares
4 Diciembre 12
-
- Antonio Cañizares
En el horizonte de esta semana –Aniversario de la
Constitución y Fiesta de la Inmaculada, Patrona de España– ofrezco
estas reflexiones ante una gran cuestión venida de lejos y avivada en
los últimos días: la unidad de España y el respeto a su realidad plural.
Las elecciones de Cataluña y sus resultados la han puesto en el primer
plano de actualidad. No entro en ninguna valoración política, que no me
corresponde. Pero todo lo humano, lo que afecta al hombre y su futuro no
es ajeno a la fe y a la misión de la Iglesia. Aparte de las razones
históricas, jurídicas, económicas, políticas, de ordenamiento del Estado
y desde el punto de vista moral, esto plantea cuestiones de calado que
afectan al corazón mismo de la realidad social de España, del bien común
de nuestra sociedad que comparte una historia y un proyecto común hecho
por caminos diversos; afecta igualmente al actual marco de convivencia
que atañe a cuantos integramos esta unidad, y a la misma unidad de esta
más que milenaria Nación, que es una cuestión y un bien moral. Pero
también es una cuestión y bien moral a salvaguardar el respeto debido a
las diferencias e identidad de las entidades que integran dicha unidad:
un respeto, al que se tiene derecho, que ha de permitir su propio
desarrollo en solidaridad con las otras legítimas diferencias. Dijo,
hace ya diez años, la Conferencia Episcopal Española: «Por ser la nación
un hecho, en primer lugar cultural, el magisterio de la Iglesia lo ha
distinguido cuidadosamente del Estado. La configuración propia del
Estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos.
Estos procesos no pueden ser ignorados, ni, menos aún, distorsionados o
falsificados al servicio de intereses particulares. España es fruto de
uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la
convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de
España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría
acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable. La Constitución es
hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la
convivencia».Conjugar lo propio y lo común constituye el bien común a
preservar. Formamos –personas y pueblos–, parte de un organismo vivo, de
un cuerpo gestado, crecido y desarrollado en un complejo proceso
histórico; ahí «el todo» no puede anular a las diferentes partes o
impedir el desarrollo propio de cada una de ellas; ni cada una de las
partes puede impedir el desarrollo «del todo» separándose o aislándose
de él. La unidad del organismo vivo permite ser y desarrollarse al
conjunto y a sus miembros.
Nos encontramos ante el bien común, que corresponde a todos cuantos son
afectados por una decisión que les atañe y que tiene sus repercusiones
en el conjunto que forman. El bien común ha de ser exquisitamente
respetado, defendido y promovido: así será respetado el bien de las
personas; y ese bien común del conjunto es inseparable del bien propio
de cuantos –personas, pueblos, entidades...– forman el conjunto. Vivimos
un momento en que la solidaridad ha de ser potenciada al máximo. Es la
hora del esfuerzo común, solidario: esto trae bien a todos y no
dificulta ningún camino propio. Quiero mucho a España; como algunos
saben, me es muy querida particularmente Cataluña, como también lo son
mi tierra y patria valenciana o Castilla o La Mancha o Extremadura o
Andalucía o Murcia o Madrid, comunidades a las que me siento unido por
haberlas servido en mi misión eclesial, o el resto de las otras regiones
y comunidades autónomas que configuran nuestra Patria común en esa
riqueza pluriforme que se debe respetar, favorecer y potenciar. Ante
esta situación crítica y crucial, en la proximidad de la fiesta de la
Inmaculada, como ejercicio de la caridad social y como un deber del
cuarto mandamiento que manda honrar también a la Patria, me atrevo a
pedir que elevemos nuestra plegaria a Dios, insistente e intensa, por
España, por la integridad y unidad de España y el progreso y futuro de
todos los pueblos que la forman en diversidad y riqueza plural dentro de
un proyecto común. Que Jesucristo, Señor de la historia, Luz, Paz,
Verdad, Sabiduría, unidad, para las gentes y los pueblos, nos haga vivir
estos momentos con serenidad, lucidez, altura de miras, sentido común, y
responsabilidad moral. Que conceda luz, prudencia, sabiduría,
discernimiento y acierto a los políticos, a los gobernantes, a las
instituciones del Estado, y a todos los ciudadanos para buscar y
encontrar salidas conformes con el bien común, justas y razonables, a
esta situación. Que en las decisiones y proyectos no se olvide jamás la
precarísima y delicadísima situación por la que atraviesa España, que
con estas incertidumbres y estos movimientos pudiera empeorar y
agravarse, y que, como siempre, tal debilitamiento, aún mayor, afectaría
de manera especial y más dura a los últimos, los pobres, los parados,
los inmigrantes, etc., etc. Esto también pertenece al bien común y es un
bien moral que hay que proteger y no vulnerar. Que la Inmaculada, signo
de la gran esperanza, nos proteja y nos ayude a encontrar los
verdaderos, los rectos y justos caminos de futuro en esta hora crucial
de nuestra historia común y compartida de siglos.